El aborto, vivencias de un caso real

Este no es un artículo de opión “pro” o “contra” del aborto. Personalmente, no sabría bien en cuál de los dos bandos estoy. Creo que muy pocas personas realmente sabrían qué hacer ante una situación así. Porque lo cierto es que hasta que no se viven las cosas “en primera persona”, todo lo que se dice son meras palabras. Supongo que todas estamos de acuerdo si lo calificamos como una de las situaciones más difíciles y extremas que puede vivir una mujer. El pensar en el aborto implica un embarazado no deseado, que por unos motivos u otros, se piensa en la opción de acabar con él. Y eso, se lleve a cabo o no, tiene que ser una experiencia que marque para toda la vida.
Conozco a una persona que pasó por un caso así, y me ha parecido de lo más interesante que de forma anónima nos relate su experiencia, su sentir en aquel momento, y su sentir actual. Sunpongo que habrá casos en los que se aborte o se decida tener el bebé, y la mujer jamás se arrepienta de la decisión. Pero sin duda, los mas complicados, sufridos y traumatizantes son aquellos en los que tras una decisión tomada, el arrepentimiento nos invade el resto de nuestra vida.
“… Ya ha pasado más de un año… un largo y duro año. Recuerdo incluso la hora exacta en la que me planteé la posibilidad real del porqué llevaba semanas de retraso. Un auto-convencimiento que evidentemente, no me acababa de creer ni yo misma. Porque esto no me podía estar pasando a mí. Mi vida ya había tenido bastante de novela, y bastante de dramática, como para agregar esta nueva experiencia traumática. Traumática porque sabía cual iba a ser el final de aquello.
El pensar que vas a ser mamá, el sentir que dentro de ti hay un ser humano, una personita que es parte tuyo y parte de la persona a la que amas, es una sensación francamente indescriptible. Y no entiendo porqué, pero en ese mismo momento tu mano se dirige automáticamente a tu tripa para tener el primer contacto, la primera caricia, para dar la bienvenida al pequeño/a que tienes dentro. Jamás podría describir aquella primera sensación, ni el resto de sensaciones que se dan dentro de ti al palpar tu vientre sabiendo que justo allí hay una frágil criatura que se ha creado, casi por arte de magia, como un pequeño milagro de la naturaleza.
Cuando despiertas de aquel mágico momento, vuelves a la realidad y tomas consciencia de que aquel garbanzo que gestas en tu interior es fruto de dos, no exclusivamente tuyo. No tendría hojas suficientes para plasmar aquí todas las preguntas que van apareciendo en tu cabeza en cuestión de milisegundos. Tras las preguntas vienen las auto-respuestas que vas imaginando para cada una de ellas. Y lo peor de todo, aparecen los miedos.
Debido a mi innata sinceridad, espontaneidad y a la gilipollez crónica que padezco, lo primero que hice fue decírselo. No viene al caso relatar su comportamiento una vez conocida la noticia, pero sí destacaré que fue bastante más cruel, despiadado, injusto, violento, insufrible, duro, desalmado, crudo, despiadado, excesivo y sangriento de lo que jamás hubiera podido imaginar. Su respuesta: “Quiero que sepas una cosa: si lo que dices ahora es verdad y realmente piensas en tenerlo tienes que saber que me encargaré de verle de vez en cuando si tú quieres. Pero no voy a decir nada a nadie, ni a mi familia, ni quiero que nadie jamás sepa nada. Yo seguiré exactamente con la misma vida que llevo ahora. No voy a cambiar nada por eso”.
Aborté, me deshice de él. Le negué la posibilidad que me brindaron a mí una vez: vivir, el mayor regalo que te pueden hacer nunca. Recuerdo aquellos días como algunos de los peores de mi vida y sola, completamente sola. Aunque la idea de criar a mi hijo sola nunca me asustó. En aquel momento tenía la suficiente madurez y el poder económico necesario para mantener a mi hijo. Pero el hecho de poder hacer algún tipo de daño a ese niño, de que pudiera sufrir algún tipo de daño colateral, de que no fuera feliz por no tener a un padre -o peor, por tener a un padre que reniega de él en su vida cotidiana- me hizo tomar la decisión de no tenerlo. Su padre me podía hacer daño a mí, renegar de mí, que nadie supiera que existo, avergonzarse y ocultarme… pero jamás permitiría que eso pasara con mi hijo.
Así que, con tan sólo 14 semanas de vida y tras mi decisión, el pequeño Miguel murió. Cada día que pasa pienso en él. A veces lloro, lloro mucho y de forma desconsolada. No hay consuelo para la pérdida de un hijo.”
Ahora, que cada una reflexione y saque sus propias conclusiones. Porque para opiniones, los colores…
Foto | flickr
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